domingo 24 de julio de 2011

De nuevo, invitados a criticar

En un post anterior, os pedí opinión con el primer capítulo de la obra que estaba escribiendo, el germen de La Biblia de los Caídos. Ahora vuelvo a pediros consejos y sugerencias con otro fragmento de una nueva novela, que precisamente también pertenece a La Biblia.

Se trata del primer capítulo de una historia en la que se introduce un nuevo personaje para el mundillo, una historia que estoy escribiendo junto con mi hermano pequeño y que, para variar, aún no tiene título.

Un saludo.


CAPÍTULO 1


―Suelta ese crucifijo, anormal ―gruñó Julio, lanzando un zarpazo a las manos de su compañero.
Óscar retrocedió para esquivar el golpe mientras aferraba con más fuerza la cruz de plata que había robado en una iglesia poco antes de acudir allí. Era grande, pesada y estaba recargada con profusión de detalles ornamentales.
―Nunca he visto a un vampiro ―dijo con un leve temblor en la voz―. Tener un crucifijo me da confianza.
Julio carraspeó. El sonido rebotó entre las paredes curvadas del andén. Eran las tres de la madrugada y la estación de metro estaba desierta.
―No eres creyente ―se burló―. No te servirá de nada. Pero no temas, los vampiros no beben sangre de idiotas. Tengo entendido que les produce diarrea. Se cagan patas abajo.
Óscar no se dejó provocar ni desvió la atención de las manos de su compañero. Sabía que esperaba una oportunidad para arrebatarle la cruz. Julio podía ser muy molesto cuando se aburría. En el último trabajo que les encargaron, les tocó escoltar a una de las chicas del jefe. Tuvieron que esperar en el coche cerca de cuatro horas mientras la mujer se probaba toda la ropa de un centro comercial. Julio no paró de incordiarle con cualquier pretexto. Y ahora, en aquel solitario andén, no había mucho que hacer.
Además, él sí tenía miedo. No podía admitirlo abiertamente porque eso no ofrecía una buena imagen en alguien de su profesión. Se supone que nada puede asustar a un matón a sueldo, y normalmente ese era el caso, pero no esta vez, no cuando se trataba de un...
―¡Cerrad el pico de una vez! ¡Los dos! ―gruñó Emilio, el jefe.
Los dos guardaespaldas obedecieron. Irguieron sus musculosos cuerpos y aguardaron. En eso invertían la mayor parte del tiempo, en esperar. Emilio era un jefe razonable, quizás demasiado para ser el cabecilla de una red de tráfico de drogas que introducía toda clase de sustancias ilegales en Madrid. Hablaba mucho. En opinión de Óscar, Emilio sobreestimaba el poder de la palabra y la conversación, lo cual dejaba poco lugar para la acción intimidatoria, que era la especialidad de los dos guardaespaldas. Como consecuencia, tenían bastante tiempo libre, que Óscar invertía en el gimnasio. Curiosamente, ahora que daba menos palizas a los morosos, estaba más fuerte. Qué desperdicio.
En cambio, con su anterior jefe, las cosas eran muy diferentes. Allí cuando alguien se pasaba de la raya, Óscar se encargaba de señalarle al insensato su error, de un modo doloroso, por supuesto, porque si no, se corría el riesgo de que el pobre infeliz no aprendiera la lección.
―No creo que venga ―dijo Julio―. En cualquier caso, sea o no un vampiro, es un impuntual.
Ernesto consultó el reloj.
―Esperaremos ―dijo el jefe―. Su reputación es intachable. Es el mejor, nunca falla, y siempre cumple su palabra. Si se ha comprometido a venir, vendrá.
Óscar se preguntó cómo el feje sabía tanto del vampiro. No es que figurara en las páginas amarillas, precisamente, aunque en realidad, ningún asesino a sueldo lo hacía.
Julio se había ofrecido para hacer el trabajo él mismo, asegurando que entre él y Óscar podrían liquidar al objetivo sin problemas. Óscar se puso bastante nervioso cuando se enteró del atrevimiento de su estúpido compañero, que por supuesto no había contado con su opinión antes de abrir la bocaza. Por fortuna, Ernesto era un hombre sensato y desestimó la oferta, les aseguró que ya tenía al hombre indicado para el trabajo. Óscar suspiró aliviado. Una cosa era proteger al jefe por la calle, intimidar a algún camello que se pasa de la raya, y dar alguna que otra paliza a quien se retrasara en un pago, pero matar a una persona, asesinarla a sangre fría, era algo muy diferente. Hacen falta algo más que músculos para lograrlo; es necesario talento, inteligencia, y otras cualidades que seguro que Julio no tenía. Tal vez el bocazas de su compañero podría liquidar a un delincuente vulgar, en la calle, a solas y sin un plan complejo. Pero se trataba de matar a un juez y de eso solo puede ocuparse un profesional.
Óscar consiguió mantener la compostura cuando Ernesto les dijo que iba a contratar a un vampiro. No sonrió ni frunció el ceño, ni preguntó si había oído bien. Por el contrario, se mantuvo serio y esperó a que le jefe explicara que había sido una broma.
Pero no lo era.
Óscar había oído rumores en las calles sobre vampiros, demonios y otras criaturas. Estupideces. La gente dice cualquier cosa cuando está drogada o para asustar a los demás. También se hablaba de fantasmas, ángeles y toda clase de figuras sobrenaturales muy poco originales. Incluso oyó una vez una leyenda sobre un hombre que no tenía alma. Menuda basura. Óscar se estaba cansando de lidiar con tanta chusma en su trabajo, a veces incluso a pesar del dinero que ganaba. Estaba ahorrando y calculaba que en un par de años, o tal vez tres, podría salir de aquel asqueroso mundo.
Sin embargo, su jefe sí creía en esas historias, al menos, en los vampiros. Cuando les explicó que tenía a un asesino infalible y que se trataba del reputado Sombra, Óscar no pudo evitar sorprenderse. Aquel nombre le sonaba, estaba seguro de que lo había oído antes y en más de una ocasión. La incertidumbre de no recordar más datos le llevó a robar el crucifijo, por si acaso.
Julio le dio una patada a una lata abollada, que fue rodando con un molesto chirrido hasta caer en las vías del metro. Dos ratas salieron corriendo entre los raíles.
―¿No puedes estarte quieto? ―le reprendió el jefe.
Julio se encogió de hombros.
―A lo mejor el ruido asusta a los vampiros.
Un periódico que descansaba sobre un banco se elevó en el aire y osciló en un baile lento y pausado. El panel electrónico que mostraba el nombre de la estación parpadeó, de la oscura boca del túnel surgió humo, tal vez niebla. El aire susurró.
―La verdad es que el ruido no nos asusta. ―Se giraron. Había un hombre justo detrás de Julio, con una sonrisa turbia en la cara―. Lo cierto es que los que asustamos somos nosotros.
Julio dio un paso atrás, sobresaltado. El recién llegado era un hombre bien parecido, de cabello castaño, un poco más largo de lo que dictaba la moda, pero que le confería cierto aire rebelde y atractivo. Calzaba unas llamativas deportivas de color rojo, vaqueros gastados y una camisa de cuadros por fuera del pantalón, formando un conjunto muy informal. Medía metro ochenta, más o menos, y aunque no estaba ni la mitad de fuerte que los fornidos guardaespaldas de Ernesto, se adivinaba cierto tono muscular y bien proporcionado.
―Tú debes de ser Sombra ―dijo Ernesto.
―El mismo ―confirmó el asesino―. Mis disculpas por el retraso. Otro asunto reclamaba mi atención.
Se movía con aire despreocupado, despacio, pero sin dejar de pasear. A Óscar le llamó la atención que tuviera la piel bronceada, le había imaginado tan pálido como una hoja de papel. A pesar de que fuera un vampiro y un asesino implacable, su aspecto no le resultó inquietante. No aparentaba más de treinta años, pocos para un auténtico profesional, a menos, claro, que de verdad fuera inmortal. Lo cierto era que contemplarle estaba disipando sus miedos, empezaba a creer que no se trataba de un vampiro.
―Tengo un trabajo para ti. ―El jefe chasqueó los dedos.
Óscar sacó un sobre con documentación y se lo tendió a Sombra. El vampiro ladeó la cabeza, asintió.
―Bonita cruz ―dijo. Alargó la mano y acarició los bordes plateados con el dedo índice―. Es una cruz presbiteriana. Su diseño está basado en las cruces celtas medievales de Irlanda y Gran Bretaña. Representa una doctrina protestante del siglo XVI, una opción religiosa interesante.
―Yo no... ―Óscar se quedó momentáneamente sin palabras―. ¿No te desagrada?
―¿A mí? ―se extrañó el vampiro―. Yo tengo tres, de oro.
―¿Podemos centrarnos en los negocios? ―dijo Ernesto.
―Desde luego. ―Sombra tomó el sobre y extrajo la documentación. La repasó con mucha rapidez, un par de segundos por página―. Un juez... No es una petición habitual.
―¿Ya has leído todo el informe? ―preguntó Óscar un tanto asombrado.
―Leo muy deprisa ―aseguró Sombra.
Óscar no le creyó. Estaba claro que era un fanfarrón. Sintió el impulso de preguntarle algún dato concreto para desenmascararle, pero supuso que al jefe no le gustaría la idea. El vampiro retomó sus andares tranquilos, deslizándose entre ellos, silencioso, echando algún vistazo esporádico a las páginas del informe.
―¿Algún problema? ―quiso saber el jefe.
―En absoluto ―contestó Sombra―. Entiendo que este caballero ha interferido en tus negocios y quieres librarte de él.
―Tu tarea es matar y los motivos no te interesan ―dijo Ernesto―. O al menos eso es lo que dicen de ti. Eso y que nunca fallas.
El vampiro se detuvo, quedando de espaldas a ellos y mirando las vías del metro.
―Puedes estar seguro de que yo no fallo jamás. La pregunta era por simple curiosidad profesional.
Ernesto suspiró.
―Es un juez muy testarudo. No quiere aceptar un soborno y eso que le he ofrecido una cantidad más que razonable... Es una de esas personas con moral, no las soporto. Ha encarcelado a varios miembros de mi organización y se ha convertido en una amenaza para mi red de tráfico de drogas. Lo quiero muerto. Si eres tan bueno como se comenta, puedes fijar el precio que te convenga.
―Ya veo. Es una gran oferta, sin duda ―dijo Sombra aún mirando a la oscuridad del túnel―. Claro que asesinar a un juez no será fácil. Provocará una investigación...
―¿Y eso qué más te da? ―le interrumpió Óscar―. ¿No eres un vampiro?
―Lo soy ―dijo Sombra sin volverse.
―Entonces no tendrás problemas en matarle ―siguió Óscar―. A no ser que te hayas inventado esa chorrada para cobrar más pasta y dar miedo a los demás.
Sombra se volvió, le miró directamente a los ojos.
―¿Te doy miedo?
Óscar dejó la cruz en el suelo y sacó su pistola.
―No. Y no creo que seas un vampiro ―dijo mientras le apuntaba directamente al pecho―. Más bien eres un fantoche.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó Julio. Su forzudo compañero retrocedió un paso.
―Guarda el arma ―le ordenó el jefe.
Óscar no obedeció.
―¿Por qué? Si es un vampiro de verdad, la bala no le hará nada. ¿No es así?
Sombra empezó a andar hacia él, con una sonrisa encogida en los labios. Se acercaba despacio, zigzagueando.
―Cierto, una bala no puede detenerme.
―¿Te has vuelto loco? ―preguntó Julio.
―No lo hagas ―insistió el jefe.
El vampiro se acercó más, siempre mirando directamente a Óscar.
―Quieres apretar el gatillo, ¿verdad? Lo veo en tus ojos. ―Sombra comenzó a caminar en círculos alrededor de Óscar, que mantenía el cañón apuntándole en todo momento―. Tienes dudas, deseas dispararme y averiguar si de verdad soy o no un vampiro. Suponías que el crucifijo te protegería de mí, pero has comprobado que no y eso te ha puesto nervioso.
Sombra aceleró un poco el paso. Con cada vuelta se acercaba un poco más. Julio y Ernesto le pedían a Óscar que bajara el arma, pero el guardaespaldas no les hacía caso.
―Retrocede ―le amenazó Óscar. Una gota de sudor resbaló por la mejilla. La pistola empezó a temblar en sus manos―. Dispararé, te lo advierto.
El vampiro estrechó el círculo y aumentó la velocidad.
―Veo que eres un hombre muy fuerte y musculoso. Si no soy un vampiro, no deberías necesitar esa pistola para reducirme. Como puedes ver, estoy desarmado. ―Sombra sacudió su camisa de cuadros para hacer patente que no ocultaba nada. Siguió girando. Pasaba delante de Julio y de Ernesto cada vez más rápido, siempre bajo la mirada del cañón de Óscar―. Pero no guardas la pistola. El miedo te domina.
Óscar estiró un poco el brazo. Ahora la pistola estaba a menos de un palmo del pecho de Sombra. La mano temblaba.
―¡Te he dicho que retrocedas!
―¿Por qué iba a hacerlo? La bala no puede conmigo. Vamos, dispara y compruébalo. No me pasará nada.
―¡Baja el arma, imbécil! ―gritó Julio.
―¡Dejad de dar vueltas! ―ordenó Ernesto.
Sin detener su movimiento alrededor de Óscar, Sombra separó los brazos y colocó su pecho a un centímetro escaso del cañón de la pistola.
―Así, justo en el corazón ―dijo. El guardaespaldas, que continuaba girando al ritmo de Sombra para mantenerle encañonado, empezó a sentirse confuso y mareado―. Mantén el pulso, no tiembles tanto. Mucho mejor así... Ahora dispara, acabemos con esto.
―¡Tú te lo has buscado!
―Hazlo ―dijo Sombra, con suavidad, casi en un susurro―. No seas cobarde, vence tu miedo. ¡Dispara!
Sombra sonrió y mostró los colmillos. Se inclinó un poco hacia delante.
Óscar apretó el gatillo. Un disparo único y atronador resonó en el andén y quedó ahogado por la punzada de un gemido. El corazón de Óscar latía descontrolado. Su mano temblorosa se abrió, la pistola humeante rebotó contra el suelo.
―¿Qué has hecho? ―gritó Ernesto.
Óscar aún no lo entendía. Hacía un instante Sombra estaba delante de él, rozando la pistola con el pecho, y de repente no estaba.
―Te dije que no me pasaría nada ―susurró el vampiro al oído de Óscar, desde su espalda.
Ernesto se agachó junto a Julio, que yacía en el suelo con una mancha oscura que empapaba su jersey. El disparo le había alcanzado en el cuello. Intentaba hablar, pero solo emitía sonidos incomprensibles, asfixiados por las pequeñas burbujas rojas que emanaban de sus labios.
―¡Maldito estúpido! ―gruñó Ernesto―. ¡Te ordené guardar el arma!
Julio convulsionó y le salió un borbotón de sangre por la boca. La cabeza cayó inerte sobre su hombro.
Óscar estaba horrorizado. No podía creer lo que había hecho. Había matado a una persona, y todo por culpa de ese asqueroso...
Un golpe le obligó a doblar la rodilla. Su brazo se retorció hacia atrás y el codo crujió con un dolor insoportable. Sombra apareció de nuevo ante él, con los colmillos extendidos, blancos y afilados, hermosos, terribles. Le mordió en el hombro del brazo que mantenía ileso. Óscar aulló. Después sintió un corte en el vientre. Cayó al suelo y notó algo húmedo y caliente que resbalaba hacia las piernas.
Vio las zapatillas rojas de Sombra alejándose, despacio y sin prisa.
―¿Qué estás haciendo? ―dijo Ernesto, alarmado. Sacó su arma.
―¿Otra pistola? ―El vampiro avanzaba tranquilo, despreocupado.
―¡Ya basta! Le has dado su merecido a ese estúpido. ―Ernesto le apuntó―. El trato sigue en pie. El juez...
Óscar solo vio un borrón. El vampiro se colocó sobre el jefe en un movimiento apenas perceptible. Le arrancó de cuajo la mano que sostenía el arma con un mordisco. Ernesto abrió la boca y los ojos, contempló atónito el muñón, se tambaleó hasta caer de rodillas. La sangre manaba abundantemente, derramándose sobre el sucio suelo de la estación.
El vampiro escupió la mano que aún sostenía la pistola. Su mandíbula estaba manchada de rojo. Se agachó sobre Ernesto y clavó los colmillos en el cuello. Los ojos de Ernesto apuntaron directamente a Óscar mientras el vampiro sorbía con ansiedad. El muñón se agitaba descontrolado, regando el suelo de sangre.
Después de varios segundos eternos, Sombra soltó el cuerpo de Ernesto, que se desplomó sobre el charco de color rojo oscuro.
―¿Por... qué? ―preguntó Óscar agonizando.
El vampiro se acercó hacia él.
―No estoy interesado en el trato ―dijo Sombra―. El dinero no era el problema, como habrás podido deducir. No quiero matar a ese juez. Y la verdad es que no quiero que nadie lo haga.
Puso su mano alrededor del cuello de Óscar, levantó un poco la cabeza para que pudiera verle mejor.
―Pero... eres un asesino... a sueldo ―murmuró el indefenso guardaespaldas.
―Lo soy, pero este caso es diferente. Verás, ese juez que queríais que matara es mi hermano.
Óscar palideció.
―Tu... reputación...
―¡Oh, eso! Tampoco es un problema. Hay dos formas de mantener una reputación intachable. La primera es no fallar nunca, algo que se me da bastante bien. La segunda es para situaciones como esta. Cuando no cumplo con lo que se espera de mí, nadie sale con vida y así no pueden ensuciar mi fama, ni extender rumores que alejen a posibles clientes. Lo entiendes, ¿verdad?
Claro que lo entendía, y demasiado bien.
―Piedad... Puedo unirme a ti... convertirme.
El vampiro acarició su barbilla. Abrió la boca, como previendo un placer sabroso, y un rojo brillante goteó de sus colmillos.
―Otra oferta interesante ―dijo con gesto reflexivo―. Desgraciadamente para ti, eres demasiado feo para ser vampiro. Se requiere un cierto estilo. Además, la conversión es prácticamente imposible. Eso de que solo basta con morder es un mito, como las cruces. Lo que por cierto me recuerda... Toma. ―Sombra tomó el crucifijo y lo colocó en el regazo del moribundo―. Tal vez te proporcione algún consuelo.
Lo último que Óscar vio fueron dos afilados colmillos cayendo implacables sobre él, y lo último que sintió fueron dos punzadas atroces en el cuello.
Después, todo fue frío y oscuridad. Ninguna luz, como siempre había creído.

5 comentarios:

  1. Fernando, gracias por compartir este capitulo con nosotros los lectores. Me gusto mucho como capta la atencion desde el principio, usando personajes de caracter fuerte y definido.
    Tambien me gusta como cambias detalles sobre los vampiros, que le dan un giro a las ideas preconcebidas que todos tenemos sobre ellos, y nos da curiosidad por saber que otras cosas van a ser distintas, asi como que sera lo proximo que pasara con ese personaje.
    Adelante, y haznos saber cuando termines esta obra!
    Angel

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  2. Un buen fragmento, sin duda. Tiene un aroma propio, sus claves y su ambiente. Lo del andén a las 3 está bien hallado. El clímax es buenísimo, realmente acelerado. Y la mala leche se agradece.

    PD "Óscar se preguntó cómo el feje sabía tanto del vampiro" jefe... Maldito teclado.
    Saludos.

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  3. El objetivo de este escrito es examinar la historia antigua de la humanidad a la luz de la Biblia. Se dicen muchas cosas sobre la creación, la posición especial del hombre, la caída, el diluvio y la confusión de idiomas, que son acontecimientos cruciales en el desarrollo inicial de la humanidad. Existe información sobre la humanidad primitiva en otras fuentes también.
    Para muchas personas, los eventos previos son problemáticos. Piensan que no pueden ser verdad, y por eso rechazan cualquier conversación sobre Dios y temas espirituales. No aceptan estos acontecimientos porque creen en la teoría de la evolución de Darwin que sostiene que nuestro desarrollo se dio a lo largo de millones de años.
    Vamos a examinar esta área a continuación. Podemos afirmar ahora que muchas piezas de evidencias encajan mejor en la descripción de la creación que hace la Biblia de lo que la gente comúnmente cree. Es por eso que es muy razonable confiar en los datos de la Biblia sobre estos temas. Existe suficiente evidencia como para sacar las conclusiones correctas sobre el origen del mundo y la humanidad.

    http://www.jariiivanainen.net/losprimeroscapitulosdelabiblia.html

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  4. Gracias a ti, Ángel, por darme tu opinión.

    Buena vista, Igor. Estoy de acuerdo, "maldito teclado".

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  5. Buf. Buen fragmento. Y ese final, que no esperaba, del contratado ejerciendo su oficio contra los contratadores..., muy bueno. En principio creí que eso de cebarse tanto en Óscar era la típica escena de exhibición del personaje central, el vampiro en este caso, para probar su fuerza y su poder; por eso la creí una escena, digamos, colateral y sin importancia. Pero, caray, no. Se trataba de la acción principal de este capítulo. Reconozco que yo estaba completamente confundido.
    Los personajes son lo suficientemente bien dibujados, y a través de ellos lo es su jefe, Emilio/Ernesto.
    Como te ha comentado angelcastro, yo también celebro esas características originales que tiene este vampiro. No has querido limitarte a seguir unos marcos bien definidos por la tradición literaria.
    Es interesante la imagen de ese Óscar desencadenándolo todo. Como si fuera un fanático redivivo de otra época (precisamente el no creyente portador de la cruz, lo que convierte el hecho en una subversión), haciendo un exorcismo a un demonio.

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