En el tiempo que llevo escribiendo he constatado la importancia de las opiniones, así como de las críticas constructivas y sinceras. Saber la impresión que el texto causa en diferentes personas es una ayuda de enorme valor.
Por eso, en esta entrada, publico la primera escena de la novela en que estoy trabajando ahora. Si a alguien le apetece leerla y sugerir ideas, le estaré muy agradecido.
Lo que sigue a continuación es el inicio del libro. Así pues, me encantaría saber la respuesta a unas cuantas preguntas que se me asoman: ¿Es este un buen comienzo? ¿Invita a seguir leyendo? ¿Debería cambiar algo? Por cierto, me falta el título.
Sin más dilación os dejo la primera escena (disculpad si encontráis alguna falta ortográfica o gramatical, pues se trata de un borrador):
Solo había una cosa que Mario Tancredo disfrutara más que sus victorias. En ocasiones señaladas, el verdadero placer no estaba en el triunfo, sino en la derrota de un oponente, en contemplar su fracaso y saber que había vencido a esa persona en concreto y no a otra. Esta era una de esas ocasiones.
Mario degustó el caviar sin reflejar una sola emoción en su imperturbable rostro. Alargó la pausa cuanto pudo antes de dar una respuesta a su rival, su enemigo, el hombre que se sentaba frente a él y que se moría de impaciencia.
Llevaba mucho esperando ese momento, demasiado. Deseó poder congelar el tiempo eternamente, pero por desgracia, y a pesar de todo su poder, no podía hacer tal cosa.
―Me temo que voy a rechazar tu oferta ―dijo al fin con tono indiferente―. No estoy interesado en tu dinero.
―Eres un maldito hijo de... ―Manuel logró dominarse y no terminó la frase.
La gente de las mesas cercanas volvió la cabeza hacia la pareja, atraídos por el elevado tono de voz de Manuel.
―A tu edad deberías saber guardar la compostura ―señaló Mario―. El restaurante está lleno y no creo que quieras montar una escena.
―¿Desde cuándo no te interesa el dinero? Te conozco y sé que no persigues otra cosa. No tienes moral ni decencia. Desde que creaste tu imperio solo sabes aplastar a los demás. Bien, has conseguido el treinta por ciento de las acciones de mi empresa. Has jugado bien, lo admito, y has ganado. Pero te estoy ofreciendo el triple del dinero que valen mis acciones para recuperarlas. Es un trato más que justo y te hará más rico aún. No puedo entender por qué no lo aceptas. Si lo que quieres es más dinero...
―Te lo repito ―le cortó Mario curvando ligeramente los labios. Eran pocas las personas que le habían visto sonreír, tal vez ninguna―. No quiero tu dinero.
Mario tomó la copa de vino y dio un sorbo con mucha calma. Escuchar que él había ganado de los labios de un rival era una sensación deliciosa, embriagadora, imposible de igualar. Por muchas veces que la experimentara no se saciaría jamás. Era mejor que el sexo. Ni siquiera cuando nació su hija sintió algo comparable.
Manuel le miró con desprecio.
―Entonces, ¿qué quieres? ¿Mi empresa? No me lo trago. Tú eres un destructor. Solo te apoderas de compañías que luego puedas despedazar para sacar dinero. La mía no es rentable y lo sabes. Te llevaría como poco dos años de duro trabajo levantarla de nuevo, y los dos sabemos que no eres de los que trabajan.
Mario no respondió. No tenía sentido negar lo evidente, y era cierto que los dos hombres se conocían perfectamente el uno al otro, tanto que sus insalvables diferencias les distanciaban irremediablemente. La edad era una de esas diferencias, aunque probablemente la menor de ellas. Mario tenía cuarenta y tres años, mientras que Manuel contaba con setenta y uno. Los dos veían el mundo y los negocios desde perspectivas completamente diferentes y en la mayoría de los casos, los dos podían saber qué pensaba el otro con un leve vistazo a sus ojos.
La exposición de Manuel había sido rigurosamente cierta, rebatirla sería perder el tiempo, así que Mario permaneció en silencio, esperando pacientemente a que su oponente lo entendiera por sí mismo. Él no tenía ninguna prisa.
―¿No hablas? ―preguntó Manuel, claramente molesto―. Estás disfrutando de tu posición, ¿no es eso? Regodeándote en tu victoria. Ya lo imagino, pero aún no sé qué pretendes. Si no quieres venderme las acciones, es porque vas a finalizar la operación y a absorber mi compañía. Sin embargo, no veo de qué te sirve si nadie te la va a comprar en su estado..., a menos que... ¡Oh, no, no lo puedo creer!
―Sí, por fin lo has entendido. Voy a desguazarla, sin más.
Manuel tembló de rabia.
―Perderás una fortuna.
―Soy muy rico. Puedo permitírmelo, no te apures.
―Esto es algo personal...
―Por supuesto.
―He levantado esa empresa con mis propias manos, desde la nada. La he construido durante más de cincuenta años. No puedes hacerlo.
Mario despidió al camarero, que se acercaba a la mesa, con un gesto de la mano y se inclinó levemente hacia adelante.
―Sí puedo, y lo voy a hacer. Y tú lo contemplarás todo impotente.
―Está bien, tú ganas ―dijo Manuel sin poder disimular su desesperación―. Dime qué quieres. ¿Que suplique? Lo haré. No te creí capaz de algo así, pero no puedo permitir que destruyas la obra de mi vida...
Mario le interrumpió con un gesto de la mano.
―Más vale que sea importante ―dijo contestando su teléfono móvil―. Estoy en una importante comida de negocios. ―Dedicó a Manuel un falso gesto de disculpa.― Es mi abogado ―le explicó cubriendo el teléfono con la mano. Manuel estaba a punto de estallar de indignación, pero no le quedaba más remedio que aguantarse―. Bien, date prisa, no puedo hacer esperar al actual dueño de mi futura empresa... Sí, le conoces... Es mi padre... De tu parte. ―Mario tapó de nuevo el teléfono―. Te manda saludos ―le dijo a Manuel.
―No lo creo ―dijo Manuel agitando la mano con desdén. Conocía de sobra a su hijo para saber que lo había dicho solo para incomodarle aún más.
―¿La policía? ―preguntó Mario frunciendo el ceño ante el teléfono―. ¿Estás seguro?... ¿Los cuatro?... ¿Mi hija está bien?... No me extraña. Como si no conociera a mi mujer. Estará dándose el tercer masaje del día, o perdiendo el tiempo de cualquier otro modo. Pregúntale a la niñera... Esos perros son peligrosos, atrapadlos... ¡Maldición! Siempre tengo que ocuparme de todo. Voy para allá.
Colgó el teléfono y se levantó.
―¿Le ha pasado algo a Silvia?
―Tengo que irme. Los malditos perros se han escapado...
Manuel le agarró por el brazo.
―Olvida nuestras diferencias. Quiero saber si le ha pasado algo a mi nieta.
Mario se sacudió de encima la mano de su padre con un movimiento brusco.
―Tu nieta está bien. Pero yo no me olvido de nada. Tú en cambio puedes ir olvidándote de tu empresa. Si quieres hacer algo por tu nieta, paga la cuenta.
Y se marchó.
Ni siquiera recogió su abrigo del ropero del restaurante.
―A mi casa ―le indicó al chófer cerrando la puerta de la limusina―. Y date prisa.
El tráfico de Madrid era un obstáculo contra el que el dinero de Mario nada podía. Tardaría como poco media hora en llegar, a pesar de estar a un máximo de cinco minutos con las calles despejadas. Mario dio un puñetazo en el asiento y se sirvió una copa.
La situación podía empeorar mucho si no encontraban a los perros. Por lo visto se habían escapado del chalé. Según le había contado su abogado, uno se había colado en la casa del vecino, un tipo desagradable con el que ya había tenido altercados en el pasado debido a los perros; dos más estaban corriendo por las calles y el cuarto estaba desaparecido. Aquello distaba mucho de ser un problema sencillo.
Los perros los había comprado para su mujer. Mario se negó al principio, pero ella insistió hasta que lo consiguió.
―Es por mi seguridad ―había dicho ella―. Me siento desnuda con la niña sola en un chalé tan grande.
Las explicaciones de Mario respecto al sistema de seguridad de la casa no sirvieron absolutamente de nada. Había más cámaras de vigilancia que en el Museo del Prado, pero eso daba igual. Su mujer quería perros guardianes, y los consiguió, aunque luego no les hizo el menor caso.
Lo verdaderamente peligroso era que esos condenados chuchos podían despedazar a un adulto en pocos segundos. Mario no quería ni imaginar lo que serían capaces de hacerle a un niño en plena calle. Según su cuidador, un viejo domador de leones que cobraba una fortuna por ocuparse de los perros, no atacarían a nadie si no se les gritaba una palabra concreta. ¿O era un gesto especial? Mario no lo recordaba. Pagaba mucho para no tener que ocuparse de ese tipo de cosas. El mundo real era un lugar complicado, imperfecto, y lo peor de todo, impredecible. Él se sentía mejor inmerso en su universo particular, donde solo importan las finanzas, algo que él dominaba a la perfección.
Y su mujer sin aparecer por ninguna parte. Mario la llamó pero no contestó al teléfono. Cuando recuperasen a los animales, cuando Mario pagara lo que hubieran trastrocado, y cuando ya estuviera todo resuelto, entonces ella aparecería.
Pero esta sería la última vez. Averiguaría quién había sido el responsable de que se hubieran escapado y lo despediría. Luego sacrificaría a los perros y los convertiría en salchichas.
La limusina entró en la calle Parque Conde Orgaz, en el barrio de la Piovera, una de las zonas más caras y lujosas de Madrid.
Había un coche de la policía aparcado en doble fila. Frente a la puerta de su chalé vio a varias personas. El vecino estaba despotricando, pero su abogado parecía controlar la situación. Los dos agentes mediaban entre ellos y algunas personas curioseaban desde los alrededores.
―¿Qué ha sucedido? ―exigió saber Mario saliendo de la limusina.
Su abogado se alegró de verle.
―¿Es usted Mario Tancredo? ―preguntó un agente de policía demasiado joven para inspirar autoridad.
―El mismo.
―Uno de sus perros se ha colado en el chalé de...
―¿Ha causado algún daño?
―No, pero su vecino le ha denunciado...
―Mi vecino es idiota ―atajó Mario, respirando tranquilo al saber que nadie estaba herido. Si había que pagar alguna multa le traía sin cuidado―. ¿Me ha denunciado porque se le ha colado un chucho en casa? Lo que hay que ver. Como si no tuvieran ustedes cosas más importantes de las que ocuparse.
―¡Ni que fuera la primera vez! ―gritó el vecino―. Estoy harto de esos sacos de pulgas que no paran de ladrar cuando alguien pasea por la acera a menos de veinte metros de tu parcela...
―Tu mujer también ladra y yo no me quejo ―repuso Mario.
Su abogado se interpuso a tiempo de evitar una confrontación. Los policías impusieron el orden y poco a poco el vecino se tranquilizó.
―Señor Tancredo ―dijo un agente―. Por lo visto tres de sus perros siguen desaparecidos y podrían ser peligrosos.
Antes de que Mario dijera nada, otro coche se detuvo en doble fila. Se bajó un hombre mayor con la barba descuidada y una ropa excesivamente informal.
―Le he llamado yo ―le dijo a Mario el abogado―. Pensé que le necesitaríamos.
Mario asintió.
―Tus perros se han escapado ―le reprochó al viejo cuidador.
―¿Cómo es posible? ―preguntó el hombre.
―Aún no lo sé, pero si le hacen algo a alguien...
―No lo harán, a menos que les ataquen.
―Bien. Pues aun faltan tres. Vas a encontrarlos ahora mismo...
Un nuevo coche estacionó junto a ellos, de la policía, tuvo que subirse a la acera para no bloquear la calle. Salieron dos agentes más arrastrando a dos enormes dóberman. Los perros se negaban a salir del vehículo y los policías tuvieron que tirar de las correas con todas sus fuerzas.
―Yo no haría eso ―gritó el cuidador con tono de preocupación―. Si estranguláis a los perros los podéis cabrear y no os lo recomiendo.
―¿Son sus perros? ―preguntó el policía―. No creo que vayan a atacar a nadie.
El cuidador llegó hasta el coche y echó un vistazo dentro.
―Son ellos―confirmó mirando a Mario y a los demás―. Pero solo hay dos. Venid aquí, ¡vamos!
Mario fue el que más se sorprendió de que los animales se negaran a obedecer. Había visto al cuidador manejar a aquellas máquinas de matar como si fuesen marionetas, con una sencillez que invitaba a pensar que cualquiera podía hacerlo. Esa era la única razón por la que le había contratado. De otro modo, no se hubiera atrevido a tener a esas bestias cerca de su hija de ocho años.
Tras mucho esfuerzo, uno de los perros salió del coche. Se acercó un poco al chalé, constantemente envuelto en una mezcla de palabras dulces y órdenes firmes del cuidador, pero al llegar junto a la puerta se giró como un rayo y salió disparado. El cuidador no se lo esperaba, se le escapó. El perro volvió a meterse en el coche.
―¿Qué les habéis hecho? ―preguntó el cuidador―. Nunca les había visto comportarse de ese modo.
―Nada en absoluto ―dijo el policía―. Les encontramos así, entre dos coches.
―Así, ¿cómo? ―preguntó Mario.
―Asustados.
―Eso es absurdo ―dijo el cuidador―. Nada puede asustar a esos perros. Les he entrenado personalmente. Se pelearían contra un tigre si se lo ordenara.
―Mire, abuelo ―dijo el agente sin vacilar―. Yo no sé gran cosa de chuchos, pero cuando miran hacia abajo y meten el rabo entre las piernas es que están cagados de miedo.
―Es imposible ―insistió el cuidador.
―Yo no me invento nada. Todos lo han visto ―dijo el policía―. Esos perros tienen miedo de entrar en el chalé.
Entonces les llegó un grito agudo, desesperado, que se prolongó varios segundos. Todos volvieron la cabeza hacia la casa. Los perros ladraron enloquecidos en el interior del coche de policía. Un estruendo reveló que se había roto una ventana.
Mario identificó la voz. Era la de la niñera. Debía de haberse topado con el cuarto perro. Si estaba herida, tendría problemas con la policía. Salió corriendo y abrió la verja que permitía la entrada a su parcela.
―¡Eh, espere! ―le gritó uno de los agentes ―. Vamos con usted. Puede ser peligroso.
Corrieron hacia él, pero Mario cerró la puerta antes de que ninguno pudiera entrar.
―¿Qué está haciendo? Déjenos pasar. Somos la policía y puede haber alguien en peligro.
―De ser así, les avisaré enseguida, pero si no es el caso, nadie entrará en mi propiedad.
―Tienes que dejarles pasar. Son la policía.
―Tú eres mi abogado. Inventa alguna excusa legal para retenerles.
Hizo caso omiso de las demandas de los policías mientras cruzaba a toda velocidad el jardín, hacia la entrada más cercana. Al llegar, vio la nevera estampada contra el rosal, con la puerta desencajada y la comida desperdigada por el césped. La ventana de la cocina estaba unos metros por encima, completamente destrozada. Aquello no podía haberlo hecho un perro, ni siquiera un hombre corriente. Se necesitaba a alguien muy fuerte para arrojar una nevera por la ventana, probablemente más de uno, lo que le hizo considerar que tal vez no hubiera sido buena idea dejar a la policía al margen. Consideró dar la vuelta, pero entonces se acordó de Silvia, su pequeña de ocho años. El grito que había escuchado era de la niñera, y ella nunca se separaba de Silvia, así que su hija estaba dentro de la casa, con lo que fuera que había destrozado la cocina.
―¡Silvia! ¿Dónde estás pequeña? ―gritó casi sin aliento al entrar.
No obtuvo respuesta.
La puerta de la cocina cayó al suelo en cuanto Mario la tocó con la yema de los dedos. Prácticamente, no había un solo objeto en su sitio, como si hubiera pasado un pequeño tornado por allí. Una de las paredes presentaba una telaraña de grietas con un agujero del tamaño de una pelota de tenis en el centro.
Mario volvió a llamar a su hija con todas sus fuerzas. No era buena señal que no le contestase.
―Estoy aquí, papi ―dijo una voz que definitivamente no era la de Silvia.
Más que sonar, había retumbado. Demasiado grave para pertenecer a una mujer, tenía que ser un hombre, y uno enorme, para tener un pecho capaz de emitir aquel sonido. Le recordó a la voz de un ogro que había visto en una película de dibujos con Silvia hacía poco. El problema era que en la película la voz estaba retocada para parecer inhumana.
Provenía del salón de lectura, de eso estaba seguro. Salió de la cocina. En el pasillo vio dos piernas tiradas en el suelo, asomando tras una esquina. Se arrojó al suelo apresuradamente y encontró el cuerpo yaciendo boca abajo.
Era la asistenta. Mario no apreció signos de violencia en su cuerpo. Comprobó el pulso y suspiró aliviado al ver que estaba viva. Tal vez solo fueran ladrones y no iban a hacer daño a nadie.
―¿No vienes conmigo, papi? ―tronó la misma monstruosa voz.
Mario corrió las dos amplias puertas correderas y penetró en el salón de lectura resuelto a enfrentarse a un ladrón, probablemente uno muy gordo con una cicatriz horrible en la garganta que justificara ese estruendo.
La estancia era amplia y circular, completamente revestida de madera y libros, excepto por un ventanal por el que penetraba abundante luz natural. Había un elegante escritorio, que Mario nunca utilizaba, pero que quedaba bien, y dos sillones algo incómodos colocados para recibir el calor de la chimenea. En el centro había una alfombra y sobre ella estaba el cuarto perro. Nadie más.
Mario consideró haberse equivocado al ubicar la procedencia de la voz, pero entonces reparó en que le sucedía algo al animal. Estaba aplastado contra el suelo, sin moverse y con la misma expresión de aquel que había sacado el cuidador del coche de policía. Estaba aterrado.
―¿Qué te pasa, chico? ―le susurró Mario doblando las rodillas―. Tienes que levantarte y venir conmigo. Voy a necesitar tu ayuda.
El perro no se movió.
Algo sonó por encima de su cabeza.
―Me alegro de verte, papi.
Mario miró hacia arriba y su corazón estuvo a punto de detenerse.
El techo era muy alto, y de él pendía una complicada lámpara hecha a base de piezas de cristal, más de trescientas si no recordaba mal. De la punta de la lámpara colgaba su hija, boca abajo... y le sonreía.
La mente de Mario sufrió un pequeño colapso intentando entender lo que sus ojos le decían. Dio un paso hacia atrás y cayó torpemente en el suelo, sin dejar de mirar hacia arriba.
Silvia se soltó. Separó las manos y los pies, y se posó tan delicadamente en el suelo como lo hubiera hecho un gatito. Luego sonrió a su padre con los ojos abiertos al máximo.
Mario se fijó en que estaba extremadamente pálida y daba la impresión de haber perdido peso.
―S-Silvia, ¿qué te ha pasado?
―Nada, papi ―dijo su hija con esa voz que no era suya. Mario no pudo contener su miedo. Veía los labios de su pequeña moverse pero no podía creer que ese sonido brotara de su garganta―. Estoy mejor que nunca ―continuó ella―. Mira lo que puedo hacer ahora.
Entonces su hija puso las manos alrededor de la cabeza del perro, y con un sencillo movimiento la giró. Mario escuchó el crujido con toda claridad y profirió un grito desgarrador. El cuello del perro se partió y la niña sostuvo la cabeza del animal sobre la suya, dejando que la sangre se derramara sobre su boca abierta. No era roja, era marrón oscuro. Desbordó la boca de la pequeña y resbaló por su cuello. Silvia hizo gárgaras. El sonido fue grotesco, más de lo que Mario podía soportar.
Se tapó los ojos, convencido de que se volvería loco.
―¿Ya no me quieres, papi? A lo mejor tienes sed. ¡Toma!
Mario no contestó. Sollozó intentando aferrarse a la cordura. Sintió un golpe en el hombro y algo rebotó en el suelo. No necesitó abrir los ojos para saber que era la cabeza del perro.